4 feb. 2007

El gran Cuento Chino

He aquí un nuevo golpe de timbal mediático: la descomunal tasa de crecimiento de la economía china durante el año 2006, que fue de un 10,7 por ciento. Hace años una noticia como esta habría sido interpretada en el contexto de todos esos tópicos tan conocidos sobre el dinamismo económico de las economías emergentes (en contraste con la esclerosis y la pereza occidentales). En la actualidad no es para tanto, y los avisos procedentes de Pekín no suscitan entusiasmo. Por el contrario, a menudo son motivo de seria preocupación. Muy pronto sabremos por qué. Dejando a un lado el controvertido debate sobre las libertades democráticas y los derechos humanos, y centrándonos tan solo en los aspectos relevantes a efectos de las ciencias sociales, hay que decir que en la China Roja no es oro todo lo que reluce. Para empezar, los logros económicos de China, si bien considerables, no son tan imponentes como nos los describen: las altas tasas de crecimiento se deben a que su desarrollo económico parte de niveles precarios, y son características de economías subdesarrolladas o en fase inicial de industrialización. Imagínen que tienen un piso y quieren comprar otro: se hipotecan poniendo el primero como garantía y con los ingresos de este pagan la deuda del segundo. Su patrimonio inmobiliario habrá aumentado en un 100%. Al año siguiente repiten la maniobra. Adquieren un nuevo local poniendo como garantía el anterior y utilizan los ingresos del mismo para hacer frente a la hipoteca. Sin embargo, en ese año, su patrimonio habrá crecido tan solo un 50%. Si hacen esto todos los años, las tasas de crecimiento de su riqueza inmobiliaria irán reduciéndose progresivamente: en el tercer año un 33% (tenían 3 y ahora uno más); en el cuarto un 25% (existencias: cuatro; incremento: uno). Al correr del tiempo el ritmo de crecimiento habrá dejado de ser espectacular, más que nada por evidentes razones de aritmética. Todo “milagro” económico tiene una causa que lo desmitifica. En el caso de China, el trabajo esclavo y mal retribuido de una ingente masa de obreros que se pasan la vida de sol a sol en unas condiciones que para los estándares occidentales resultarían totalmente inaceptables: ganar en un mes lo que nosotros en un día, sin seguridad social, ni sindicatos, ni derecho a la huelga, en ambientes laborales peligrosos, que suponen la muerte de más de cien mil personas al año en accidentes de trabajo -principalmente en la minería-, y de otras cuatrocientas mil como resultado de enfermedades respiratorias debido a las emisiones de las centrales térmicas y una instalaciones industriales obsoletas. Este lado oscuro del resurgir industrial de China es algo de lo cual la opinión pública europea comienza a hacerse eco que las altas tasas de crecimiento de ese país están empezando a verse más como amenaza que como lección de economía política. ¡Cuánto han cambiado las cosas en los últimos años! Antes se consideraba a China como el bueno en una película sobre las maldades del FMI. Ahora resulta que es un peligro para la ecología global. Porque el despegue económico chino también conlleva los pasivos asociados a un deterioro medioambiental irresponsable y salvaje, cuyas externalidades, según los economistas, podrían ascender a un 10% de su P.I.B. Los ríos chinos se encuentran polucionados en la mayor parte de sus cauces. La explotación incontrolada de cuencas carboníferas y acuíferos está provocando daños irreparables en extensas zonas del territorio. Los efectos se perciben incluso fuera del país: contaminación de los grandes rios siberianos, sobre todo a resultas del accidente de la planta química de Jilin en octubre de 2005; y grandes nubes de polvo procedentes de zonas desertizadas -como consecuencia de la cría masiva de ganado lanar, sobre todo cabras, para la fabricación de esos jerseys de Cachemira tan baratos que se pueden encontrar en los bazares chinos- que llegan incluso hasta Estados Unidos y Europa. Los gobiernos y las grandes empresas de Europa han insistido siempre en la necesidad de estar presentes en el mercado chino. Indudablemente un gran negocio, estimulado por las posibilidades de una economía en pleno despegue, y respaldado por el dinero público. Una aventura comercial en el que es imposible perder, a pesar de los riesgos asociados a la corrupción, la ineficiencia burocrática y la falta de un entorno jurídico adecuado para el comercio. Por poner un pie en el Celeste Imperio, los empresarios europeos están dispuestos a cualquier cosa: a financiar generosas becas, pagar salarios astronómicos a sus directivos, entrar en el juego de sobornos y extorsiones que imponen los funcionarios locales y, peor aun, ceder la tecnología y el know-how adquiridos trabajosamente a lo largo de las últimas décadas, ante la presión del gobierno chino, que sigue la política de distribuir sus contratos únicamente quienes se pliegan a esta exigencia de colaboración forzosa con su sistema de I+D. Todo a cambio de unos pocos euros, con cargo al propio futuro industrial de Europa. Los beneficios son para las empresas; las pérdidas, para el contribuyente y la próxima generación de asalariados. China, a pesar de lo que diga el ICEX, es un bluff. Para saber dónde hay oportunidades de negocio sanas no hay que seguir la pista de los grandes industriales europeos, sino de aquellos que trabajan sin el apoyo de una compañía de seguros de crédito a la exportación. Los norteamericanos, por ejemplo, no invierten su dinero en China: prefieren hacerlo en Irlanda y en Alemania, y ello a pesar de la euroesclerosis y la oposición a la guerra de Irak. Cuando el gobierno comunista decidió emprender su programa de reformas económicas en 1978, el propósito consistía en elevar el nivel de vida de la población y crear unos puestos de trabajo que se necesitaban con urgencia tras la penuria dejada por los desastres económicos de la planificación. Más adelante se vislumbró la posibilidad de perseguir ambiciones nacionalistas: devolver a China la relevancia histórica que tuvo en el pasado como gran imperio y una de las primeras civilizaciones del mundo. Ahora, los problemas derivados de la interdependencia global y la sostenibilidad están creando una situación en la que el Partido Comunista, sin saber hacia donde va, ya no puede aspirar a un propósito concreto, como no sea el de mantenerse en el poder. A largo plazo el sistema económico de China no es viable. Su gobierno, que ha suscrito los acuerdos de Kyoto, se niega sin embargo a asumir sus compromisos pretextando su condición de país subdesarrollado. Aunque la naturaleza tuviera una tolerancia ilimitada al abuso derivado de la construcción de embalses, el aprovechamiento incontrolado de recursos hídricos y energéticos, los vertidos industriales a los ríos y al mar, las emisiones de CO2 y los desechos radioactivos, el futuro político y económico de China se encuentra comprometido por dos importantes amenazas: por un lado la inestabilidad social procedente de una gran parte de su población que vive al límite de la pobreza, en un momento en que comienzan a ensancharse las diferencias entre ricos y pobres; por otro, el poder en ascenso de las administraciones regionales, cuyos objetivos difieren de los del gobierno central y el Partido Comunista. Respecto a China bien podría resultar que lo único que tenga trascendencia histórica sean los problemas a escala global que está generando. Por una extraña ironía de la historia, el único partido comunista que ha sido capaz de hacer algo por el bienestar de su pueblo depende ahora para su propio futuro de una cooperación comercial cada vez más estrecha con las fuerzas del odiado capitalismo, al que en un primer momento se pretendía reemplazar en ese gran banco de pruebas para sistemas de producción en que consiste la historia, según los marxistas. No hay que banalizar el problema: la cuestión de hacia dónde va China también plantea un interrogante relacionado con el destino del mundo desarrollado.