4 ago 2015


Liquidación final

Autor: Manuel Meiriño, Abogado del SUGC Por los derechos Humanos de la Guardia Civil.

Hace unos días estuvo en un instituto de Santiago el escritor Petros Markaris, el cual, a través de su trilogía de novelas policíacas, relata la situación de corrupción, desesperación, caos económico, frustración ciudadana y rabia de su país. El escritor y periodista siciliano Leonardo Sciascia desveló en una rigurosa trama policíaca (El día de la lechuza) los poderosos mecanismos de coerción y de ejercicio del poder por parte de la Mafia en los ayuntamientos a través de la construcción y de las concesiones municipales; y en su última novela, Una historia sencilla, detalla de manera complicada, pero breve, las relaciones entre la Mafia, el narcotráfico y la corrupción, derivados a su vez de su íntima relación con el poder político y económico. Sciascia mantenía que el Estado italiano no existía como tal. El sustento son los grupos de poder. Polemista empedernido, Sciascia afirmó: «Si no hay Estado, no hay razones de Estado, salvemos pues a Aldo Moro».
Un periodista de investigación, Antonio Salas, publicaba hace pocos meses una extensa novela, Operación Princesa; un relato crudo y terrorífico con múltiples historias simultáneas del mundo de la droga, blanqueo de dinero, asesinatos, tráfico de armas y mujeres, así como las altas tramas de corrupción en las esferas del Estado y de la Administración. El autor, por medio de un personaje, de manera soterrada, le hace un homenaje a la titular de un juzgado de instrucción de Lugo. Esperemos que Antonio Salas no siga el mismo camino de Roberto Saviano, quien manifestó recientemente a la prensa que había arruinado su vida.
No quiero olvidarme de otra gran novela, Pan e coitelo, de un excelente escritor ourensano, Bieito Iglesias, que describe los comportamientos del poder de nuestras instituciones autonómicas en el epílogo del fraguismo.
Un país como España, donde casi el 100 % de su ciudadanía cree que la corrupción está extendida por todo el aparato de la Administración del Estado y que sus políticos, como gestores del interés público, son una carga y no una solución a sus problemas, un país así, tiene una grave crisis.
Conocedores de esta realidad, nuestros dirigentes nos dan soluciones inspiradas en el gatopardismo: «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie».
España tiene un problema muy grave y su solución está en la enseñanza de padres y abuelos: honestidad, humildad, honradez y, sobre todo, sentido común. Si eso nos falta el día de mañana, nuestros hijos y nietos nos señalarán como responsables de haber heredado no una sociedad democrática, sino una inmensa cloaca. Volveríamos a la emigración -cualificada, pero emigración-, el máximo desgaste de una sociedad, al desgarro de un país que se hundiría definitivamente y sin una segunda oportunidad.

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